Karlson había preparado a sus fuerzas lo mejor que pudo. El muro que atravesaba el paso norte a la ciudad no era más que una torre y un burdo muro que servía para vigilar un camino que llevaba hasta lo alto de las montañas. Toda la guarnición estaba flanqueada por el bosque real, donde solo los nobles y su familia podía entrar. Quién entrara sin permiso supondría la pena de la horca.
Era un camino poco conocido, y casi impracticable, pero Frederic había cabalgado con él por ese camino cuando eran pequeños. Sabían que era un pequeño paso que desembocaba 20 millas más al norte a un bosque que servía de puerta. De hecho, la guarnición en la que se encontraba era un muro que defendía ambos costados, por lo que se podría defender tanto de los atacantes externos como de atacantes que trataran de salir de la ciudad por allí. “Es un camino secreto para que los nobles y nosotros pudiéramos escapar mientras nuestros soldados nos defienden” le había dicho su padre. Y era así, tanto el camino norte como el camino sur eran vías de escape que tan solo conocía la alta nobleza de Hécate, Tol Rauko, y la familia del Gobernador. Por eso debían defenderlo. Contra otro ejército, un ejército extranjero, en la guarnición tan solo se dejaría un pequeño grupo de soldado por precaución. Pero al ejército que se enfrentaban no era extranjero, y su comandante, su hermano, conocía esos caminos.
Llegó acompañado de Dylan Clement, su mejor amigo, y Lord Kelton Smilhaussen, un hombre entrado en años, Señor de Ospren. Ordenó a Kelton encargarse de la infantería que aguardaría tras los muros, mientras él y Dylan se encargarían de defender los muros.
Se asomó y vio a varios destacamentos de soldados con el escudo de la Alianza Azur. “¡Maldito seas hermano! Tanto deseas el poder que tienes que aliarte con esos perros”. Pensó con una mezcla de desprecio y pena. Observó los preparativos de sus enemigos: estaban acabando de construir las escalas, y al fondo estaban preparando unas pequeñas balistas; también acababan los preparativos del ariete. “Bueno, nosotros tenemos dos factores a favor: estos muros y la pendiente que hay en el camino para llegar hasta aquí. Les costará horrores llegar, y estarán agotados para la lucha”.
El ejército de Azur esperó hasta el mediodía, cuando al fin, las tropas comenzaron a moverse. Las tropas marchaban muy juntas, lentamente, con paciencia. Karlson levantó la mano y sus arqueros tensaron arcos…Cuando estuvieron a la distancia, gritó y bajó de golpe la mano. Se escuchó un chasquido y sus consecuentes ecos, y la luz del sol se vio tapada por miles de flechas que silbaban. Karlson escuchó el sonido de las flechas golpear contra los escudos, atravesar carne, tras ello, escuchó algunos gritos de dolor. Pero el enemigo seguía avanzando.
En ese momento llegó un mensajero…
“¿Que Marina había sido herida por los seguidores de dos nobles traidores?” pensó con rabia Karlson “¿qué hacían sus guardias?”. Se había convencido a bajar para ver a su hermana e insultar a su guardia por incompetentes, pero los argumentos de Kelton y Dylan le convencieron de que no era buena idea.
“Eres el señor de este muro” le dijeron. “Debes mantenerte en él pase lo que pase. Además vuestra hermana está bien, tan solo ha sido un corte y un hueso roto” había tratado de tranquilizarle Dylan. “Vuestra hermana, y señora, es joven y fuerte. Resistirá” le animó Kelton.
Los maldijo muchas veces, pero estaban en lo cierto. Habían repelido al ejercito Azur cuatro veces, pero a la quinta se creó una brecha en la izquierda de la defensa. Karlson la erradicó rápidamente junto a Dylan. Cuando el ejército Azur se retiró por quinta vez, los soldados imperiales comenzaron a gritar su nombre. “¡Karlson el valiente! ¡Karlson, el héroe de Galgados!” le alababan. Incluso escuchó a un joven gritar a los soldados de Azur en retirada algo sobre que Karlson iría a sus hogares para restablecer el Imperio en esa tierra de traidores.
En ese momento, tras la sexta retirada del ejército azur, Karlson respiró hondo. Vio como las armaduras de sus hombres se tornaban doradas al incidir la luz del sol, que marchaba a dormitar tras una sangrienta jornada. Sonrió. “Quizá resistamos” pensó “los informes son buenos, Ser Balor ha detenido a los atacantes del sur, y la puerta oeste aun resiste. Con suerte, Dalaborn llegará en nuestra ayuda”. Respiró hondo, sintiendo como el viento bailaba junto a su pelo.
- Mi señor – una voz le devolvió al mundo real.- un mensaje de la puerta oeste.
Karlson observó al mensajero. Estaba nervioso. Estaba sucio con manchas de sangre seca y humo. Abrió el mensaje…
- ¡Dylan! – llamó con urgencia - ¡Prepara a nuestros cien mejores hombres! ¡Marchamos a la puerta oeste! – ordenó mientras cogía sus cosas. - ¡Kelton! Quedáis al mando.
- Si, señor – contestaron los dos al unísono.
- ¿Qué ocurre? – le preguntó Dylan, alarmado.
- La puerta oeste ha caído. – le contestó
“Habían bajado cien hombres, sus mejores hombres. Ahora solo quedaban diez”.
Habían bajado por los caminos y escaleras que había por el muro rápidamente. Nadie se había percatado de su presencia, estaban muy ocupados luchando por sobrevivir o por matar. Descendieron por el camino más rápido, dirección a la torre. Desde lo alto había visto como el grueso del ejército de Frederic avanzaba lentamente, pero constante, hacia allí. Vio como varios destacamentos se disgregaban por las calles de la ciudad flanqueando a la resistencia que se retiraba poco a poco hacia la torre blanca.
Cuando estaban llegando al nivel del suelo una gran explosión sonó sobre sus cabezas. A Karlson tan solo le dio tiempo a saltar y guarecerse. Pero no todos tuvieron la misma suerte. Quince hombres murieron aplastados por un amasijo de madera, metal y piedra. Vio a Dylan a su izquierda, maldiciendo.
Otra explosión se produjo a su derecha. Cuando el humo dejo paso a la vista se encontró a cinco de sus hombres carbonizados. Uno de ellos aún se movía, temblando. Alzó la mirada hacia el fondo de la calle. Un hombre con una armadura de cuero entonaba unos cantos, a su alrededor quince soldados de Frederic avanzaban.
- ¡A mí, mis hermanos! – se levantó, desenvainando la espada - ¡Por Galgados!
Los restantes hombre se levantaron y, con un rugido, se abalanzaron sobre su enemigo. Vio como Dylan le atravesaba el corazón a uno de ellos, como cinco de sus hombres rodeaban a otro. Diez valientes atacaron al hombre que parecía su comandante… todos fueron barridos por una esfera negra como el carbón. “!maldito seas, brujo!”
Soltó su espada y cogió su arco. Respiró hondo. Puso una flecha y estiró la cuerda de su arco de acero blanco de Shivat. Escuchó como se tensaban las cuerdas. Sintió los músculos de su espalda tensarse por el esfuerzo. Respiró de nuevo, fijando a su objetivo.
- ¡Vete al infierno! – susurró en el momento que dejaba libre la cuerda.
La flecha silbó. Rápida como el viento, precisa como el ojo de un halcón. Escuchó el sonido de la carne romperse y el suspiro de su víctima. El brujo cayó de rodillas y luego a un lado, con un reguero de sangre entre sus ojos.
Finalmente acabaron con sus enemigos. Todos murieron, no hubo piedad. Los adoquines estaban pintados con el carmesí de la sangre, y olía a muerte. Karlson contabilizó las bajas. Habían caído veinte de sus hombres. Se maldijo.
Avanzaron varias calles, entre las sombras, cuando divisaron un pequeño grupo de enemigos. Treinta contó. Hizo señas y sus hombres prepararon los arcos. En unos segundos, veinte enemigos murieron atravesados mientras los otros diez huían. Tan solo se quedó un hombre. Vestía una armadura azul oscura, con el escudo de la Alianza.
- Sois Karlson, ¿Verdad? – preguntó una voz cavernosa bajo el Yelmo astado. Karlson afirmó – he venido a llevaros ante el señor de estas tierras. Si os resistís tendré que mataros.
- Entonces, creo que estoy en desacuerdo con vuestros objetivos – le contestó – Mi hermano me matará, y pienso vivir muchos años. Los suficientes para follar hasta reventar – escuchó la risa nerviosa de alguno de sus hombres.
- Sea pues – contestó el caballero. Abrió la palma de su mano y un hacha de hielo se materializó.
Karlson miró sorprendido al caballero. “Pero, ¿qué coño…?”. El caballero saltó hacia él. Varios soldados se interpusieron, con gritos despiadados que a los segundos se convirtieron en gritos de dolor.
Habían caído ya cuarenta de los hombres que habían sobrevivido al embate del brujo. Algunos de sus hombres huían o lloraban en un rincón. En cambio el caballero había sufrido unas pocas heridas y había perdido parte de la armadura de su brazo izquierdo. Alzó su espada para detener otro de los golpes del caballero.
Un ápice de terror hizo mella en Karlson. “¿cómo es posible? ¿Qué es este caballero?”. Detuvo un golpe ascendente de su enemigo.
Tres de sus hombres atacaron por la espalda. Detuvo los dos primeros golpes, pero el tercero superó su guardia y le atravesó el costado izquierdo. El caballero gruñó y, con un barrido de su hacha, partió a dos por la mitad mientras al tercero, al que le había herido, lo agarró con su mano libre del cuello. Karlson escuchó los sordos gemidos del hombre mientras el hueso se rompía. El hombre lo soltó.
En ese mismo instante, Karlson atacó a traición, con la espada apuntando al corazón. El caballero se giró, pero fue demasiado lento. La espada atravesó metal, carne y hueso. Luego, giró su espada, retorciendo los órganos internos del caballero azul. Lanzó su último aliento y se desmoronó en el suelo. Escupió sangre. Trató de levantarse, pero Dylan le atravesó el cuello. Por fin, su enemigo suspiró sus últimos estertores en un río rojo. Karlson respiró hondo, tratando de tranquilizarse.
“Habían bajado cien hombres, sus mejores hombres. Ahora solo quedaban diez”. Pensó mientras dejaba la calle plagada de cadáveres.
Se acercó, junto a Dylan, a una mansión cercana a la torre blanca. Vio a sus diez hombres que se repartían en grupos. Les había ordenado encontrar una vía de escape hacia la puerta este, y tratar de reclutar a los posibles supervivientes.
Se mantuvo en silencio. Aún se escuchaban los sonidos de la lucha al sur y al este, así como en algunos lugares aislados. Vio multitud de casas en llamas, y a algunos ciudadanos huir y esconderse. En su avance hacia la Torre había visto como un grupo soldados cogían a una joven y se la llevaban entre gritos. Estuvo cerca de saltar sobre ellos y tratar de salvarla, pero en su mente se dibujó el rostro de su hermana. “Si te salvo a ti, puede que mi hermana muera. Lo siento” pensó apesadumbrado.
Llegó al murete de la parte trasera de la Torre y saltó. Esperó a que Dylan saltara y se acercaron a la puerta. Unas pisadas les hicieron detenerse. Se escondieron entre unos arbustos, y esperaron.
Vio a su hermano, junto a un hombre de pelo largo y rojo, salir por la puerta principal. Ambos acompañados de un grupo de diez soldados.
- Ya tenemos a Marina. – Escuchó decir a su hermano – ahora a por mi gemelo.
- Está en la guarnición norte, mi señor. – le contestó el hombre pelirrojo. – o eso decía la mente de Marina.
- Bien, prepara a tus hombres. – le ordenó mientras subía a su caballo.
Esperaron unos minutos hasta que se hubieran marchado. En silencio, entraron en la Torre.
Se encontraron con una carnicería. Había cuerpos repartidos por toda la sala de recepción. Vio la cabeza del viejo Evan McGregor, el mejor amigo de su padre y un tío para él, sobre una de las sillas con una mueca de sorpresa y terror. “No quisiera saber lo que has visto, mi querido tío”. Le entraron ganas de llorar. Cogió la cabeza y la puso junto al cuerpo del viejo. “Os vengaré. A ti, y a todos los que han caído por la crueldad de mi hermano” juró.
- Deberíamos avanzar – le sugirió con urgencia Dylan
Subieron las escaleras, esquivando los cuerpos amontonados de guardias, soldados y criados. Contabilizo con cierto terror, que por cada cinco soldados de la Alianza un hombre del Imperio caía. “Al menos han pagado con sangre el ascenso”. Llegaron al penúltimo piso y se disponían a subir cuando escucharon pasos que bajaban. Se acurrucaron junto a varios cadáveres.
Sintió el hedor a sudor, sangre y muerte que desprendía el cadáver que tenía al lado. El mayordomo de Marina, un hombre de avanzada edad, con una barba castaña y algo canosa. Parte de su cara estaba hendida por el golpe de alguna maza. Sintió nauseas, pero consiguió controlarlas.
Karlson vio pasar a dos soldados con el emblema de los Terharne.
- ¡Maldito sea Iago! – dijo el primero. – ¡ya verás! ¡Tendremos que follarnos su cadáver! ¡ese maldito cabrón disfruta matando a sus putas tras montarlas!
- Bueno – le contestó el otro – al menos aun estará caliente. ¡Y no replicará! – bromeó el segundo soldado. Ambos se rieron.
- Entonces será mejor que me vaya a buscar a otra que esté dispuesta a abrirse de piernas. – le contestó el primero. – paso de meterla en un coño muerto. – el segundo soldado comenzó a reírse. Al poco se atragantó de la risa y comenzó a toser mientras tomaban las escaleras de descenso.
“¡Marina!” Se levantó como un rayo y comenzó a subir las escaleras de dos en dos. Dylan iba detrás, resoplando.
Subió al último piso y escuchó un desgarrador grito.
- ¡Marinaaa! – gritó, a la par que sacaba una flecha y la ponía en su arco.
Entró en la habitación y disparó.
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