La joven entró en Ilion por una de las puertas principales, seguida, de cerca por su más leal sirviente, que le guardaba las espaldas. Caminaba tranquila, mirando con una mezcla entre curiosidad y desprecio las edificaciones que formaban la capital de Ilion. Observó, con pasmosa tranquilidad a un pequeño grupo de caballeros de Tol Rauko que estaban entrando en la ciudad. Les saludó con un leve gesto de cabeza.
Siguió caminando por la ciudad hasta que llegó a la plaza central donde vio una majestuosa catedral con un iluminado y esbelto ángel coronando la puerta. A su lado, vio una gran edificación de descolorida piedra de 30 metros de altura. En ella colgaban los pendones de sus más acérrimos enemigos. Sintió, al ver la cruz blanca sobre el fondo negro, como su sangre le hervía, como sus ansias de hacerles pagar todo lo que le estaban haciendo a su pueblo crecían con cada gota que caía del querubín que coronaba la fuente central.
Se quedó unos instantes mirando, traspasando todas las defensas sobrenaturales impuestas por los hipócritas que hospedaban en ese edificio. Con un gruñido, se giró y fue hacia el otro tribunal que había en la ciudad.
Caminó con parsimonia, mirando de reojo a los guardias de la ciudad que hablaban despreocupadamente entre ellos, profiriendo alguna ruda carcajada y miradas de simplicidad. “Rezad porque esta noche no tengáis la desgracia de patrullar estas calles” pensó, con un poco de compasión por ellos.
A los 15 minutos vio el segundo tribunal, siendo este más pequeño y más tosco. Sus paredes de roca deslucida y erosionada por las inclemencias del tiempo, coronadas por lo que en antaño serían las estatuas de santos y arcángeles. Observó la puerta, la cual estaba adornada con varios grabados en los que se mostraban antiguos pasajes y abrazada por un elegante arco.
Rompió de nuevo las defensas, sin ningún esfuerzo, y encontró lo que buscaba, mejor dicho, a quién buscaba. En su interior se encontraba, encadenado, el alma de uno de sus antiguos generales. Comprobó el número de residentes que se encontraban en el edificio: un total aproximado de cuarenta guardias de la Santa “Puta” Madre Iglesia, unos diez inquisidores y posiblemente unos ocho o nueve prisioneros.
Sonrió confiada bajo su oscura capa y siguió con su camino. Caminó hacia las calles más pobres y menos frecuentadas y esperó a que su sombra se uniera a ella.
- Mi señora. – le saludó, a su espalda. La joven, dio un respingo. Incluso en conocimiento a que le seguía, siempre se sobresaltaba cuando llegaba su más leal sirviente. - ¿Habéis encontrado lo que buscabais?
- Así es – le contestó, retirándose la capucha y dejando ver sus largos cabellos cenicientos. – el nephilim de Deleakos se encuentra en el segundo de los tribunales. – entrecerró los ojos, concentrada en sus pensamientos. Al cabo de unos segundos prosiguió – Llama a las tropas, esta noche el cielo se teñirá de negro y el suelo llorará sangre. Esta noche, comenzará a cobrarse nuestro justo pago.
- Sea así – contestó el hombre enmascarado, mientras se giraba velozmente y se proponía a saltar a los tejados.
- Una cosa más – le detuvo la joven – recuerda a nuestros más fervientes servidores que nuestro objetivo es Deleakos. Así pues, evitar la muerte innecesaria de cualquier humano que no sea inquisidor o guardia de la iglesia. – la joven sonrió, haciendo estremecer incluso al enmascarado – pero no tengáis piedad con aquellos que han elegido la senda de la hipocresía y la mentira. Quiero que lo que ocurra esta noche estremezca el corazón de toda la Inquisición.- Se giró de nuevo.
- Así se hará – contestó el enmascarado. Y desapareció entre las sombras.
La joven paseó por la ciudad, parándose en cada comercio para apreciar los insulsos y toscos productos que vendían. Entró en un anticuario donde fue atendida por una mujer joven de ojos castaños y cabello negro.
Llegada la noche, con Selene dibujando su sonrisa sobre la cabeza de los mortales, la joven se dejó llevar por el impulso de sus pasos hasta el segundo tribunal de la Inquisición. Vio a 4 guardias vestidos con la cruz blanca vigilando la puerta y hablando en voz baja. Uno de ellos se sopló las manos y maldijo el frío que acontecía en aquella noche. “Que irónico…dentro de poco se quejaría por pasar demasiado calor”.
Subió los escalones que separaban a la joven de los guardias. Dos de ellos le miraron, asiendo el pomo de sus espadas. Los otros dos, al ver a sus compañeros ponerse en tensión, miraron a la figura que se les acercaba.
- Perdone Joven. No puede estar… - el hombre que se acercó a la muchacha se prendió en fuego, dejando tan solo un montoncito de cenizas blancas, que fueron arrastradas por el viento que se arremolinaba por las calles.
Los otros guardias, sorprendidos, trataron de dar la alarma, en vano. Dos de ellos fueron atravesados por varios virotes lanzados desde la oscuridad alcanzándoles la garganta. El último, fue sorprendido por la espalda y, en apenas un suspiro, sintió como la sangre fluía a la altura de la nuez.
A partir de este instante todo el tribunal se convirtió en un sangriento escenario. Los guardias que daban la ronda en el interior se vieron sorprendidos por una bocanada de fuego que ni siquiera sus beatificadas y mejoradas armaduras pudieron detener. Muchos inquisidores murieron en sus camas, con un leve suspiro, mientras dormían apaciblemente.
Pero la peor parte se la llevaron los inquisidores que interrogaban, y torturaban, a un nephilim duk’zarist en las cárceles del tribunal. Eran cinco, el Obispo Víctor Andrade y cuatro de sus lugartenientes, todos grandes y valientes inquisidores. Se vieron sorprendidos por una gran explosión en la entrada a los calabozos.
Uno de ellos se asomó viendo a una encapuchada seguida por un hombre con una mascara de hierro. Profirió una blasfemia y avisó a su superior.
- ¡Malditos sean! Laen, vigila al prisionero. Es de vital importancia obtener la información que guarda en su mente. – el capitán maldijo su suerte. – ¡los demás! ¡Acompañadme!
La joven vio como cuatro inquisidores salían de la habitación más lejana desenvainando sus legisladores. Hizo un gesto a sus hombres para que liberaran a los prisioneros que podían mientras ella y su guardaespaldas se encaraban hacia los inquisidores.
La lucha comenzó de forma encarnizada. El choque de las armas hizo que una enorme onda de energía destruyera las paredes que los rodeaban, se quebraron las baldosas y algunas piedras del techo se desprendieron alrededor de los contendientes.
La joven, en un estado de máximo frenesí, lanzaba estocadas y cortes a una velocidad inhumana, golpes apenas visibles si no fuera por la oscuridad que emanaban sus armas. Por otro lado, en enmascarado tenía la habilidad de aparecer donde se lo propusiera, produciendo finos y perfectos cortes en los puntos más vulnerables de los inquisidores.
En su interior, Víctor Andrade sabía que no saldrían con vida de esa refriega. Lo había visto en los ojos llameantes de la joven que luchaba contra ellos, y que mantenía en jaque a sus dos mejores hombres. Por otro lado, el enmascarado era sino igual, peor contrincante. Más de una vez había aparecido de la nada atacando a su flanco y retaguardia para luego volver a desaparecer. Sabía que si lo hubiera deseado el enmascarado habría acabado con todos ellos, pero estaba disfrutando, creciéndose en ego por cada corte que les producía. Ordenó retirada, buscando llegar hasta la enorme sala de tortura, donde al menos, podrían rodear a la joven. Se fueron retirando poco a poco, espalda con espalda, hombro con hombro. Rilbert calló a manos de la joven tras ser atravesado por una afilada espada negra justo antes de entrar en la sala de torturas. Allí, horrorizados, vieron como Laen había sido crucificado en una de las paredes y su cabeza había sido clavado en una de las paredes. No encontraron rastros del nephilim Duk’zarist.
La joven observó divertida como los inquisidores entraban en la sala de tortura. En ese momento había acabado con uno de ellos, atravesándole el esternón y encharcando sus pulmones con su propia savia carmesí. Rió levemente, y entró en la sala. Sabía perfectamente la intención de los inquisidores: tratar de rodearla en un desesperado intento por sobrevivir. Pero no sobrevivirían, no lo permitiría se dijo. Los tres inquisidores se movieron con cautela, avanzando uno por el frente, otro por el flanco izquierdo y el tercero por la derecha.
Atacaron los tres a la vez tratando de buscar un punto débil en su defensa. Ella rió. Con un corto verso, la oscuridad la tragó y apareció en la otra parte de la habitación. Los inquisidores se giraron.
“No es posible” pensó Victor. La cámara de tortura y las mismas celdas estaban provistas de defensas sobrenaturales y esa joven las había roto todas. Comenzó a sentir aquello que hacía mucho tiempo, cuando había comenzado la instrucción, había olvidado. El miedo. Trató de tranquilizarse. Ellos eran tres y ella estaba sola, ya que ella estaba sola…no, no estaba sola. Estaba el enmascarado, ese hombre que aparecía y desaparecía a voluntad…y llevaba tiempo sin aparecer. ¿Habría muerto? Lo dudaba. En ese momento, cuando la encapuchada avanzó hacia ellos, comenzó a ser envuelto por el pánico. Estaban muertos…Dios los había abandonado. En es instante Creig calló sin vida al suelo, con una profunda herida en el ojo. Se giró con la intención de detener el golpe, pero no se encontró con arma alguna…solo oscuridad. Se giró de nuevo al escuchar un grito de horror a su derecha. Vio como su otro compañero, y amigo, era brutal y rápidamente descuartizado. Sintió nauseas y el terror inundó todo su ser. Escucho los gritos de dolor de su amigo, aun vivo. Trató de apartar la mirada, pero no podía.
La joven avanzó hacia el último de los inquisidores, un hombre de cabellos negros y ojos azules, en este momento vidriosos. Su piel era blanca, y más en estos momentos. Observó el temblor del hombre, y sintió compasión por él. Pensó en lo que estaba aconteciendo esa noche, pensó en la matanza que había producido…Pensaba que con la venganza se sentiría mejor, pero no era así…no se sentía bien. Sus sentimientos se enfrentaban, por un lado se sintió llena de júbilo y victoria por ver a sus máximos enemigos derrotados ante su inmenso poder, temerosos de ella y su gente. Pero por otro lado se sentía vacía, sentía que ese no era el camino a seguir. En ese momento penso en su amiga, y en su última conversación. Era esto a lo que se refería. Cerró los ojos, evitando todos esos pensamientos. Había tomado una decisión, y asumiría todas sus consecuencias.
“¡Dios! ¿Qué he hecho mal? ¿Por qué me castigas con esto?... ¡Es más de lo que puedo soportar!” Pensó Víctor. “Por favor, Dios…”
- Esto es lo que deben soportar todos aquellos que caen en vuestras manos. – le dijo la joven, con una voz cargada de rabia, respondiendo a su pregunta. – Este es tu castigo por cada tortura y asesinato que has producido durante todo este tiempo. Este es el castigo por vuestra hipocresía y arrogancia.
- Tu…tu que sabes demonio – le contestó, con una mezcla de temor y rabia – tu que te dedicas a asesinar a gente inocente, a destruir ciudades y corromper con tu alma impía.
- No entiendes nada, humano. – La joven avanzó con tranquilidad hacia él – nosotros no os perseguimos como a ratas, ni quemamos vivos a aquellos que son diferentes. No somos tan diferentes a vosotros, humano. Sabemos odiar, amar. Somos igual de crueles y compasivos que vosotros. Lo único que nos diferencia son las raíces.
- Dices eso, cuando hace unos segundos estabas asesinando a los míos – le espeto. En ese momento vio que la joven estaba llorando en silencio. La miró sorprendido, no sabía que los demonios lloraran.
- Como decía – se enjugó las lágrimas rápidamente, como si se hubiera percatado de que Víctor las había visto. – no somos tan diferentes. – dio otro paso hacia él. – al igual que nosotros, sentís demasiada atracción por el poder. Pero, ese poder, eso que ansiáis con toda vuestra alma os derrotará. De hecho, ya os está carcomiendo por dentro. Pronto, vuestra sinrazón, os destruirá. – suspiró – y no será ninguno de esos demonios que buscáis y asesináis sino vuestra propia raza.
- No os entiendo, demonio – Víctor se mantuvo en guardia, expectante. – dices, que seremos nosotros nuestra perdición. Lo dudo. Somos poderosos demonio. No se lo que tramas, pero serás detenida, si no por mí, por otros como yo. Estás condenada.
- No dudo que pueda ser detenida. – le contestó sin un atisbo de emoción – Pero no seré yo quien acabe con vosotros. Solo os avisaré una vez. No somos nosotros los enemigos. – la joven paso por al lado de Víctor. – Márchate, y ahorra fuerzas. Pues pronto, los verdaderos demonios vendrán a estas tierras.
En ese momento la joven desapareció engullida por la oscuridad. “¿Qué quería decir?” Pensó Víctor. Se giró, sin saber que hacer. Respiró hondo y marchó corriendo del tribunal. Cuando salió, vio como el antiguo edificio era consumido por las llamas. En ese momento escuchó la voz de la joven: “Recuerda. No somos el enemigo. Mira al este y encontrarás tus respuestas”.
La joven miró desde lo alto de uno de los edificios que rodeaban el tribunal. Sonrió para sí misma. Había conseguido sus propósitos. La inquisición recordaría aquello por mucho tiempo, incluso la buscarían. Había liberado a Deleakos, que ahora estaba tras ella, engrosando sus filas, que poco a poco, crecían en número y fuerza. Incluso, había conseguido lo que pretendía con aquel inquisidor. Había sembrado la duda en su corazón y le había abierto los ojos a la verdad.
Se giró hacia sus hombres y alzó la espada. “Es el momento de levantarnos de nuevo” gritó sobre las mentes de sus soldados. Con un rugido desaparecieron en la noche teñida de rojo.
Siguió caminando por la ciudad hasta que llegó a la plaza central donde vio una majestuosa catedral con un iluminado y esbelto ángel coronando la puerta. A su lado, vio una gran edificación de descolorida piedra de 30 metros de altura. En ella colgaban los pendones de sus más acérrimos enemigos. Sintió, al ver la cruz blanca sobre el fondo negro, como su sangre le hervía, como sus ansias de hacerles pagar todo lo que le estaban haciendo a su pueblo crecían con cada gota que caía del querubín que coronaba la fuente central.
Se quedó unos instantes mirando, traspasando todas las defensas sobrenaturales impuestas por los hipócritas que hospedaban en ese edificio. Con un gruñido, se giró y fue hacia el otro tribunal que había en la ciudad.
Caminó con parsimonia, mirando de reojo a los guardias de la ciudad que hablaban despreocupadamente entre ellos, profiriendo alguna ruda carcajada y miradas de simplicidad. “Rezad porque esta noche no tengáis la desgracia de patrullar estas calles” pensó, con un poco de compasión por ellos.
A los 15 minutos vio el segundo tribunal, siendo este más pequeño y más tosco. Sus paredes de roca deslucida y erosionada por las inclemencias del tiempo, coronadas por lo que en antaño serían las estatuas de santos y arcángeles. Observó la puerta, la cual estaba adornada con varios grabados en los que se mostraban antiguos pasajes y abrazada por un elegante arco.
Rompió de nuevo las defensas, sin ningún esfuerzo, y encontró lo que buscaba, mejor dicho, a quién buscaba. En su interior se encontraba, encadenado, el alma de uno de sus antiguos generales. Comprobó el número de residentes que se encontraban en el edificio: un total aproximado de cuarenta guardias de la Santa “Puta” Madre Iglesia, unos diez inquisidores y posiblemente unos ocho o nueve prisioneros.
Sonrió confiada bajo su oscura capa y siguió con su camino. Caminó hacia las calles más pobres y menos frecuentadas y esperó a que su sombra se uniera a ella.
- Mi señora. – le saludó, a su espalda. La joven, dio un respingo. Incluso en conocimiento a que le seguía, siempre se sobresaltaba cuando llegaba su más leal sirviente. - ¿Habéis encontrado lo que buscabais?
- Así es – le contestó, retirándose la capucha y dejando ver sus largos cabellos cenicientos. – el nephilim de Deleakos se encuentra en el segundo de los tribunales. – entrecerró los ojos, concentrada en sus pensamientos. Al cabo de unos segundos prosiguió – Llama a las tropas, esta noche el cielo se teñirá de negro y el suelo llorará sangre. Esta noche, comenzará a cobrarse nuestro justo pago.
- Sea así – contestó el hombre enmascarado, mientras se giraba velozmente y se proponía a saltar a los tejados.
- Una cosa más – le detuvo la joven – recuerda a nuestros más fervientes servidores que nuestro objetivo es Deleakos. Así pues, evitar la muerte innecesaria de cualquier humano que no sea inquisidor o guardia de la iglesia. – la joven sonrió, haciendo estremecer incluso al enmascarado – pero no tengáis piedad con aquellos que han elegido la senda de la hipocresía y la mentira. Quiero que lo que ocurra esta noche estremezca el corazón de toda la Inquisición.- Se giró de nuevo.
- Así se hará – contestó el enmascarado. Y desapareció entre las sombras.
La joven paseó por la ciudad, parándose en cada comercio para apreciar los insulsos y toscos productos que vendían. Entró en un anticuario donde fue atendida por una mujer joven de ojos castaños y cabello negro.
Llegada la noche, con Selene dibujando su sonrisa sobre la cabeza de los mortales, la joven se dejó llevar por el impulso de sus pasos hasta el segundo tribunal de la Inquisición. Vio a 4 guardias vestidos con la cruz blanca vigilando la puerta y hablando en voz baja. Uno de ellos se sopló las manos y maldijo el frío que acontecía en aquella noche. “Que irónico…dentro de poco se quejaría por pasar demasiado calor”.
Subió los escalones que separaban a la joven de los guardias. Dos de ellos le miraron, asiendo el pomo de sus espadas. Los otros dos, al ver a sus compañeros ponerse en tensión, miraron a la figura que se les acercaba.
- Perdone Joven. No puede estar… - el hombre que se acercó a la muchacha se prendió en fuego, dejando tan solo un montoncito de cenizas blancas, que fueron arrastradas por el viento que se arremolinaba por las calles.
Los otros guardias, sorprendidos, trataron de dar la alarma, en vano. Dos de ellos fueron atravesados por varios virotes lanzados desde la oscuridad alcanzándoles la garganta. El último, fue sorprendido por la espalda y, en apenas un suspiro, sintió como la sangre fluía a la altura de la nuez.
A partir de este instante todo el tribunal se convirtió en un sangriento escenario. Los guardias que daban la ronda en el interior se vieron sorprendidos por una bocanada de fuego que ni siquiera sus beatificadas y mejoradas armaduras pudieron detener. Muchos inquisidores murieron en sus camas, con un leve suspiro, mientras dormían apaciblemente.
Pero la peor parte se la llevaron los inquisidores que interrogaban, y torturaban, a un nephilim duk’zarist en las cárceles del tribunal. Eran cinco, el Obispo Víctor Andrade y cuatro de sus lugartenientes, todos grandes y valientes inquisidores. Se vieron sorprendidos por una gran explosión en la entrada a los calabozos.
Uno de ellos se asomó viendo a una encapuchada seguida por un hombre con una mascara de hierro. Profirió una blasfemia y avisó a su superior.
- ¡Malditos sean! Laen, vigila al prisionero. Es de vital importancia obtener la información que guarda en su mente. – el capitán maldijo su suerte. – ¡los demás! ¡Acompañadme!
La joven vio como cuatro inquisidores salían de la habitación más lejana desenvainando sus legisladores. Hizo un gesto a sus hombres para que liberaran a los prisioneros que podían mientras ella y su guardaespaldas se encaraban hacia los inquisidores.
La lucha comenzó de forma encarnizada. El choque de las armas hizo que una enorme onda de energía destruyera las paredes que los rodeaban, se quebraron las baldosas y algunas piedras del techo se desprendieron alrededor de los contendientes.
La joven, en un estado de máximo frenesí, lanzaba estocadas y cortes a una velocidad inhumana, golpes apenas visibles si no fuera por la oscuridad que emanaban sus armas. Por otro lado, en enmascarado tenía la habilidad de aparecer donde se lo propusiera, produciendo finos y perfectos cortes en los puntos más vulnerables de los inquisidores.
En su interior, Víctor Andrade sabía que no saldrían con vida de esa refriega. Lo había visto en los ojos llameantes de la joven que luchaba contra ellos, y que mantenía en jaque a sus dos mejores hombres. Por otro lado, el enmascarado era sino igual, peor contrincante. Más de una vez había aparecido de la nada atacando a su flanco y retaguardia para luego volver a desaparecer. Sabía que si lo hubiera deseado el enmascarado habría acabado con todos ellos, pero estaba disfrutando, creciéndose en ego por cada corte que les producía. Ordenó retirada, buscando llegar hasta la enorme sala de tortura, donde al menos, podrían rodear a la joven. Se fueron retirando poco a poco, espalda con espalda, hombro con hombro. Rilbert calló a manos de la joven tras ser atravesado por una afilada espada negra justo antes de entrar en la sala de torturas. Allí, horrorizados, vieron como Laen había sido crucificado en una de las paredes y su cabeza había sido clavado en una de las paredes. No encontraron rastros del nephilim Duk’zarist.
La joven observó divertida como los inquisidores entraban en la sala de tortura. En ese momento había acabado con uno de ellos, atravesándole el esternón y encharcando sus pulmones con su propia savia carmesí. Rió levemente, y entró en la sala. Sabía perfectamente la intención de los inquisidores: tratar de rodearla en un desesperado intento por sobrevivir. Pero no sobrevivirían, no lo permitiría se dijo. Los tres inquisidores se movieron con cautela, avanzando uno por el frente, otro por el flanco izquierdo y el tercero por la derecha.
Atacaron los tres a la vez tratando de buscar un punto débil en su defensa. Ella rió. Con un corto verso, la oscuridad la tragó y apareció en la otra parte de la habitación. Los inquisidores se giraron.
“No es posible” pensó Victor. La cámara de tortura y las mismas celdas estaban provistas de defensas sobrenaturales y esa joven las había roto todas. Comenzó a sentir aquello que hacía mucho tiempo, cuando había comenzado la instrucción, había olvidado. El miedo. Trató de tranquilizarse. Ellos eran tres y ella estaba sola, ya que ella estaba sola…no, no estaba sola. Estaba el enmascarado, ese hombre que aparecía y desaparecía a voluntad…y llevaba tiempo sin aparecer. ¿Habría muerto? Lo dudaba. En ese momento, cuando la encapuchada avanzó hacia ellos, comenzó a ser envuelto por el pánico. Estaban muertos…Dios los había abandonado. En es instante Creig calló sin vida al suelo, con una profunda herida en el ojo. Se giró con la intención de detener el golpe, pero no se encontró con arma alguna…solo oscuridad. Se giró de nuevo al escuchar un grito de horror a su derecha. Vio como su otro compañero, y amigo, era brutal y rápidamente descuartizado. Sintió nauseas y el terror inundó todo su ser. Escucho los gritos de dolor de su amigo, aun vivo. Trató de apartar la mirada, pero no podía.
La joven avanzó hacia el último de los inquisidores, un hombre de cabellos negros y ojos azules, en este momento vidriosos. Su piel era blanca, y más en estos momentos. Observó el temblor del hombre, y sintió compasión por él. Pensó en lo que estaba aconteciendo esa noche, pensó en la matanza que había producido…Pensaba que con la venganza se sentiría mejor, pero no era así…no se sentía bien. Sus sentimientos se enfrentaban, por un lado se sintió llena de júbilo y victoria por ver a sus máximos enemigos derrotados ante su inmenso poder, temerosos de ella y su gente. Pero por otro lado se sentía vacía, sentía que ese no era el camino a seguir. En ese momento penso en su amiga, y en su última conversación. Era esto a lo que se refería. Cerró los ojos, evitando todos esos pensamientos. Había tomado una decisión, y asumiría todas sus consecuencias.
“¡Dios! ¿Qué he hecho mal? ¿Por qué me castigas con esto?... ¡Es más de lo que puedo soportar!” Pensó Víctor. “Por favor, Dios…”
- Esto es lo que deben soportar todos aquellos que caen en vuestras manos. – le dijo la joven, con una voz cargada de rabia, respondiendo a su pregunta. – Este es tu castigo por cada tortura y asesinato que has producido durante todo este tiempo. Este es el castigo por vuestra hipocresía y arrogancia.
- Tu…tu que sabes demonio – le contestó, con una mezcla de temor y rabia – tu que te dedicas a asesinar a gente inocente, a destruir ciudades y corromper con tu alma impía.
- No entiendes nada, humano. – La joven avanzó con tranquilidad hacia él – nosotros no os perseguimos como a ratas, ni quemamos vivos a aquellos que son diferentes. No somos tan diferentes a vosotros, humano. Sabemos odiar, amar. Somos igual de crueles y compasivos que vosotros. Lo único que nos diferencia son las raíces.
- Dices eso, cuando hace unos segundos estabas asesinando a los míos – le espeto. En ese momento vio que la joven estaba llorando en silencio. La miró sorprendido, no sabía que los demonios lloraran.
- Como decía – se enjugó las lágrimas rápidamente, como si se hubiera percatado de que Víctor las había visto. – no somos tan diferentes. – dio otro paso hacia él. – al igual que nosotros, sentís demasiada atracción por el poder. Pero, ese poder, eso que ansiáis con toda vuestra alma os derrotará. De hecho, ya os está carcomiendo por dentro. Pronto, vuestra sinrazón, os destruirá. – suspiró – y no será ninguno de esos demonios que buscáis y asesináis sino vuestra propia raza.
- No os entiendo, demonio – Víctor se mantuvo en guardia, expectante. – dices, que seremos nosotros nuestra perdición. Lo dudo. Somos poderosos demonio. No se lo que tramas, pero serás detenida, si no por mí, por otros como yo. Estás condenada.
- No dudo que pueda ser detenida. – le contestó sin un atisbo de emoción – Pero no seré yo quien acabe con vosotros. Solo os avisaré una vez. No somos nosotros los enemigos. – la joven paso por al lado de Víctor. – Márchate, y ahorra fuerzas. Pues pronto, los verdaderos demonios vendrán a estas tierras.
En ese momento la joven desapareció engullida por la oscuridad. “¿Qué quería decir?” Pensó Víctor. Se giró, sin saber que hacer. Respiró hondo y marchó corriendo del tribunal. Cuando salió, vio como el antiguo edificio era consumido por las llamas. En ese momento escuchó la voz de la joven: “Recuerda. No somos el enemigo. Mira al este y encontrarás tus respuestas”.
La joven miró desde lo alto de uno de los edificios que rodeaban el tribunal. Sonrió para sí misma. Había conseguido sus propósitos. La inquisición recordaría aquello por mucho tiempo, incluso la buscarían. Había liberado a Deleakos, que ahora estaba tras ella, engrosando sus filas, que poco a poco, crecían en número y fuerza. Incluso, había conseguido lo que pretendía con aquel inquisidor. Había sembrado la duda en su corazón y le había abierto los ojos a la verdad.
Se giró hacia sus hombres y alzó la espada. “Es el momento de levantarnos de nuevo” gritó sobre las mentes de sus soldados. Con un rugido desaparecieron en la noche teñida de rojo.
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