Un hombre, envuelto en un turbante de tela blanca, corría por una de las laberínticas calles de Lakhdar. A su espalda, cuatro guardias le perseguían entremezclando sus bufidos y gritos con las silenciosas pisadas del hombre.
Saltó, encaramandose a una de las vigas que sobresalía de uno de los edificios mientras tomaba impulso para, con una simple pirueta, caer sobre el alfeizar de una ventana. Los guardias, no tan ágiles, ni tán rapidos, dispusieron a sacar sus arcos y abatirlo antes de que, como era obvio que pasaría, escapara. Detonaron 4 chasquidos desembocando a sordos silbidos. El hombre saltó de nuevo, girando su cuerpo de tal forma que las 4 flechas pasaron junto a él estrellandose contra la pared de adobe.
Se agarró del alfeizar y, con un simple impulso saltó a la terraza del edificio de enfrente con un espectacular mortal como modo de burla hacia sus perseguidores.
Una vez en la terraza se espolsó el polvo, mientras con un aire divertido escuchaba los insultos y gruñidos de los guardias. "No os quejeis perros...alabad a que de tiempo carecia como para entretenerme en despellejaros". Saltó a la terraza de al lado y salío veloz del arrabal más cercano al palacio.
"Je, no ha sido tan difícil como pensaba..." miró el objeto que llevaba en sus manos. Una pequeña caja de cristal en cuyo interior había una daga dorada. "Así que esta es la famosa daga Il-hassayin. Espero que ellos me paguen bien por mi servicio".
Miró de nuevo al frente, viendo como en la ciudad se encendían nuevos incendios y un coro de dolor y pánico entraba en escena. "Sin duda esos idiotas me han facilitado las cosas". Hizo una burlesca reverencia "Espero que tengaís suerte...puede incluso que encontreis una muerte rápida".
Se dispuso a saltar de nuevo cuando vio frente a él una figura vestida de negro tan solo dejando ver la parte inferior de su cara.
- Y tu, ¿quién demonio eres? – le preguntó con desfachatez el hombre
- Yo…no soy nadie – Le contestó, con una fría y cortante voz, el encapuchado. – Al igual que tu, yo no soy nadie…tan solo polvo.
En ese momento la figura encapuchada avanzó, desenvainando a tal velocidad que el hombre tan solo pudo esquivar a duras penas la espada que le paso rozando el brazo derecho. Pero eso no era lo peor, olió a humo y carne quemada…su ropa se había prendido en llamas.
Saltó hacia atrás, dejando un espacio entre el encapuchado y él, y, con un simple gesto, hizo que el fuego que había comenzado a devorar sus ropas y su carne desapareciera.
- Veo que eres bueno. – Le felicito, mientras de su garganta emergía una amarga risa.- veamos si eres tan bueno como para detener esto.- Desenvainó su brillante y plateada espada lanzando un ataque que, aparentemente, se quedaba corto.
Fue en ese preciso momento, en el que la espada estaba a mitad de camino, cuando sonrió y, con un simple gesto, hizo que su espada tomara una proporción gigantesca. El encapuchado, cogido por sorpresa ante tan espectacular ataque, interpuso su espada en la trayectoria deteniéndola parcialmente pero sin evitar un corte en el brazo.
- Vaya…así que es eso. – El encapuchado se retiró la capucha , dejando ver su pálida piel y los ojos rojos que se
escondían entre la maraña de pelo negro. – veo que tendré que ponerme más en serio.- Con un gesto su espada se llenó de lenguas de fuego negro, violeta y rojo.
- Comienza el espectáculo – suspiró el hombre.
…
Las dos espadas chocaron, lanzando chispas…El hombre sintió como el fuego de la espada de su contrincante le quemaba la piel, mientras respiraba el aire viciado que se interponían entre ambos. Saltaron los dos hacia atrás, retirándose del alcance de cada uno.
El hombre atacó de nuevo, utilizando de nuevo su poder para cambiar el tamaño de la espada. El encapuchado curvó su cuerpo, dejando que la espada pasara junto a su costado, para luego saltar quedándose sobre el filo de la espada y dar una voltereta mientras una inmensa llamarada implosionaba en toda la terraza.
El hombre, atónito al ver la destreza del encapuchado, y como, con un simple salto, se había burlado de él. Retrocedió hacia la cornisa evitando la deflagración.
- Eres bueno – le felicitó mientras resoplaba. – he de aceptar que eres mi mejor contrincante.
El encapuchado le miró, sin un atisbo de expresión en su cara.
- No puedo decir lo mismo de ti. Ahora, ¡Preparate a morir! – Exclamó el encapuchado mientras, con un gesto, envolvió toda la zona en una cúpula de fuego y ceniza.
El hombre saltó a la calle, evitando así su más que asegurada pira funeraria. “joder, un poco más y no lo cuento”. Miró hacia la terraza. “Debo marcharme ahora…tengo poco tiempo y no puedo detenerme ante una lucha como esta" Cuando se recompuso, vió, para temor y sorpresa suyo como el encapuchado avanzaba hacia él.
- ¡Dámela!, damela Si quieres salir vivo de aquí.
En ese momento, una explosión derribó el edificio, que se derrumbó sobre el encapuchado.
- Lo siento. – le gritó, con una sonrisa en la boca y suspirando ante tal golpe de suerte. – me pagan demasiado por esto. No es por nada personal, lo juro. – Se dispuso a marcharse, cuando se paró de nuevo. – Por cierto, envíale recuerdos a la señorita Zeklos…dile que pronto nos veremos las caras.
Tras ello, el hombre se perdió por las laberínticas calles de la ciudad.
Saltó, encaramandose a una de las vigas que sobresalía de uno de los edificios mientras tomaba impulso para, con una simple pirueta, caer sobre el alfeizar de una ventana. Los guardias, no tan ágiles, ni tán rapidos, dispusieron a sacar sus arcos y abatirlo antes de que, como era obvio que pasaría, escapara. Detonaron 4 chasquidos desembocando a sordos silbidos. El hombre saltó de nuevo, girando su cuerpo de tal forma que las 4 flechas pasaron junto a él estrellandose contra la pared de adobe.
Se agarró del alfeizar y, con un simple impulso saltó a la terraza del edificio de enfrente con un espectacular mortal como modo de burla hacia sus perseguidores.
Una vez en la terraza se espolsó el polvo, mientras con un aire divertido escuchaba los insultos y gruñidos de los guardias. "No os quejeis perros...alabad a que de tiempo carecia como para entretenerme en despellejaros". Saltó a la terraza de al lado y salío veloz del arrabal más cercano al palacio.
"Je, no ha sido tan difícil como pensaba..." miró el objeto que llevaba en sus manos. Una pequeña caja de cristal en cuyo interior había una daga dorada. "Así que esta es la famosa daga Il-hassayin. Espero que ellos me paguen bien por mi servicio".
Miró de nuevo al frente, viendo como en la ciudad se encendían nuevos incendios y un coro de dolor y pánico entraba en escena. "Sin duda esos idiotas me han facilitado las cosas". Hizo una burlesca reverencia "Espero que tengaís suerte...puede incluso que encontreis una muerte rápida".
Se dispuso a saltar de nuevo cuando vio frente a él una figura vestida de negro tan solo dejando ver la parte inferior de su cara.
- Y tu, ¿quién demonio eres? – le preguntó con desfachatez el hombre
- Yo…no soy nadie – Le contestó, con una fría y cortante voz, el encapuchado. – Al igual que tu, yo no soy nadie…tan solo polvo.
En ese momento la figura encapuchada avanzó, desenvainando a tal velocidad que el hombre tan solo pudo esquivar a duras penas la espada que le paso rozando el brazo derecho. Pero eso no era lo peor, olió a humo y carne quemada…su ropa se había prendido en llamas.
Saltó hacia atrás, dejando un espacio entre el encapuchado y él, y, con un simple gesto, hizo que el fuego que había comenzado a devorar sus ropas y su carne desapareciera.
- Veo que eres bueno. – Le felicito, mientras de su garganta emergía una amarga risa.- veamos si eres tan bueno como para detener esto.- Desenvainó su brillante y plateada espada lanzando un ataque que, aparentemente, se quedaba corto.
Fue en ese preciso momento, en el que la espada estaba a mitad de camino, cuando sonrió y, con un simple gesto, hizo que su espada tomara una proporción gigantesca. El encapuchado, cogido por sorpresa ante tan espectacular ataque, interpuso su espada en la trayectoria deteniéndola parcialmente pero sin evitar un corte en el brazo.
- Vaya…así que es eso. – El encapuchado se retiró la capucha , dejando ver su pálida piel y los ojos rojos que se
escondían entre la maraña de pelo negro. – veo que tendré que ponerme más en serio.- Con un gesto su espada se llenó de lenguas de fuego negro, violeta y rojo.
- Comienza el espectáculo – suspiró el hombre.
…
Las dos espadas chocaron, lanzando chispas…El hombre sintió como el fuego de la espada de su contrincante le quemaba la piel, mientras respiraba el aire viciado que se interponían entre ambos. Saltaron los dos hacia atrás, retirándose del alcance de cada uno.
El hombre atacó de nuevo, utilizando de nuevo su poder para cambiar el tamaño de la espada. El encapuchado curvó su cuerpo, dejando que la espada pasara junto a su costado, para luego saltar quedándose sobre el filo de la espada y dar una voltereta mientras una inmensa llamarada implosionaba en toda la terraza.
El hombre, atónito al ver la destreza del encapuchado, y como, con un simple salto, se había burlado de él. Retrocedió hacia la cornisa evitando la deflagración.
- Eres bueno – le felicitó mientras resoplaba. – he de aceptar que eres mi mejor contrincante.
El encapuchado le miró, sin un atisbo de expresión en su cara.
- No puedo decir lo mismo de ti. Ahora, ¡Preparate a morir! – Exclamó el encapuchado mientras, con un gesto, envolvió toda la zona en una cúpula de fuego y ceniza.
El hombre saltó a la calle, evitando así su más que asegurada pira funeraria. “joder, un poco más y no lo cuento”. Miró hacia la terraza. “Debo marcharme ahora…tengo poco tiempo y no puedo detenerme ante una lucha como esta" Cuando se recompuso, vió, para temor y sorpresa suyo como el encapuchado avanzaba hacia él.
- ¡Dámela!, damela Si quieres salir vivo de aquí.
En ese momento, una explosión derribó el edificio, que se derrumbó sobre el encapuchado.
- Lo siento. – le gritó, con una sonrisa en la boca y suspirando ante tal golpe de suerte. – me pagan demasiado por esto. No es por nada personal, lo juro. – Se dispuso a marcharse, cuando se paró de nuevo. – Por cierto, envíale recuerdos a la señorita Zeklos…dile que pronto nos veremos las caras.
Tras ello, el hombre se perdió por las laberínticas calles de la ciudad.
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