Era una noche fría, aunque su cuerpo sudaba por el calor que expedían las rocas. Miro a su alrededor y vio las ruínas de hace apenas unas horas, o días ya que no sabía cuanto tiempo llevaba ahi, un amenazante castillo-prisión. Se preguntaba que había pasado aquí, que ser estaba en las profundidades encerrado para que, al despertar, hiciera aquello.
El paisaje era esperpéntico, se veía la marca en las paredes de una persona incinerada, y algunos miembros amputados se acumulaban en las zonas más reconditas del lugar. Aun así, penso, la mayoría de los cuerpos ya habían sido retirados.
Caminando se encontró con un montón de metal, que debería ser lo que quedaba de alguno de los guardias. Comenzó a caminar algo confuso, lo veía todo borroso. Se toco la frente y noto la sangre que le empapaba la cara.
Salió del castillo por lo que antes era la puerta y bajo hacia el pueblo. En su cara no había ni siquiera un gesto de temor, lo que realmente albergaba era odio. Odio a todos aquellos que habían escapado de la prisión, odio a las dos figuras que salieron de la nada, odio a esa niña y al pirata que tenía encerrado. Odiaba a ese grupo de personas que había entrado en su isla...odiaba a todo el mundo.
Se detuvo a medio camino y comenzo a reirse como un poseso, con un agrio tono de amargura y locura. Miró hacia delante, y vió que el pueblo de pescadores estaba siendo evacuado. Se acercó al pueblo y varios Templarios le detuvieron. Lo llevaron ante uno de los capitanes.
- Y Vos, ¿quién sois?
- Soy Mercroix...soy el alcaide de la prisión.
El capitán se sorprendió al ver que alguien del castillo había sobrevivido. Le preguntaron por lo ocurrido y le prestaron asistencia. Poco después fue llevado hasta el Maestre Templario que dirigía la operación.
Mercroix le contó lo ocurrido, le contó como sus hombre murieron a manos de esa figura...miró al Templario mientras sus ojos se encendieron en llamas.
"Fueron ellos, fue la niña que preguntaba por el pirata y sus acompañantes..."
"Los cazaré, los cazaré y los torturaré hasta que supliquen por su vida...¡Yo os maldigo!¡Que nunca encontreis una nueva costa y vuestras almas se pierdan en las profundidades del mar!"
El paisaje era esperpéntico, se veía la marca en las paredes de una persona incinerada, y algunos miembros amputados se acumulaban en las zonas más reconditas del lugar. Aun así, penso, la mayoría de los cuerpos ya habían sido retirados.
Caminando se encontró con un montón de metal, que debería ser lo que quedaba de alguno de los guardias. Comenzó a caminar algo confuso, lo veía todo borroso. Se toco la frente y noto la sangre que le empapaba la cara.
Salió del castillo por lo que antes era la puerta y bajo hacia el pueblo. En su cara no había ni siquiera un gesto de temor, lo que realmente albergaba era odio. Odio a todos aquellos que habían escapado de la prisión, odio a las dos figuras que salieron de la nada, odio a esa niña y al pirata que tenía encerrado. Odiaba a ese grupo de personas que había entrado en su isla...odiaba a todo el mundo.
Se detuvo a medio camino y comenzo a reirse como un poseso, con un agrio tono de amargura y locura. Miró hacia delante, y vió que el pueblo de pescadores estaba siendo evacuado. Se acercó al pueblo y varios Templarios le detuvieron. Lo llevaron ante uno de los capitanes.
- Y Vos, ¿quién sois?
- Soy Mercroix...soy el alcaide de la prisión.
El capitán se sorprendió al ver que alguien del castillo había sobrevivido. Le preguntaron por lo ocurrido y le prestaron asistencia. Poco después fue llevado hasta el Maestre Templario que dirigía la operación.
Mercroix le contó lo ocurrido, le contó como sus hombre murieron a manos de esa figura...miró al Templario mientras sus ojos se encendieron en llamas.
"Fueron ellos, fue la niña que preguntaba por el pirata y sus acompañantes..."
"Los cazaré, los cazaré y los torturaré hasta que supliquen por su vida...¡Yo os maldigo!¡Que nunca encontreis una nueva costa y vuestras almas se pierdan en las profundidades del mar!"
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