Llevaban preparándose durante dos semanas, pero no era suficiente. Marina Daorland, vestida con ropas imperiales, miraba a las hogueras al otro lado de las murallas. “La mayoría del ejercito de Galgados, mi propio ejército me ha dado la espalda. A mí y al Imperio” se giró apesadumbrada y descendió por la escalera de la muralla. “Y todo por la locura de mi hermano”. Miró a su ejército, su ejército de leales…la mayoría nobles con sus guardias y ciudadanos de Hécate. “Va a ser una masacre”.
De camino a la torre se encontró con su hermano, Karlson, cojeando por la calle mientras dirigía a los pocos soldados profesionales con los que contaba la ciudad. Karlson le sonrió al verla pero no se paró a decirle nada.
Al fin, agotada llegó a la Torre, su hogar, el hogar del gobernante legítimo de Galgados. Suspiró. Estaba cansada. Llevaba todo el día supervisando los preparativos y organizando las últimas partidas de refugiados hacia Dalaborn. “Al menos las madres y sus hijos podrán salvarse”. Subió las escaleras hacia su dormitorio, cuando Edna, la ama de llaves, le dijo que Ser Balor, el capitán de Tol Rauko, quería verla. Suspiró un tenue gruñido y asintió.
Se dirigió a la sala de invitados: una sala circular con una mesa, también redonda, y varios candiles y sillas rodeándola.
- Mi señora – saludo Ser Balor, levantándose de la silla – Es urgente.
- Ser – le hizo una leve reverencia - ¿Qué ocurre?
- Hemos recibido una nota del Castillo de Icarus. – le informó – el Maestre ha sido asesinado. Parece ser que una mujer, una sirvienta (o al menos eso creíamos), lo asesinó hace dos noches y escapó. Un destacamento la persiguió durante dos días hasta que se encontraron con una legión de la Alianza. Del destacamento solo sobrevivieron 4 hombres mi señora. Les tendieron una emboscada.
- Eso nos deja con una desventaja táctica. Esperaba que el Maestre del Temple Darril se uniera a la contraofensiva que, si Abelcristo quiere, se produciría con la llegada del ejército Imperial de Dalaborn.
- Mi señora, para ello antes debemos aguantar una semana. Y, aunque estemos en igualdad de números, el ejército de vuestro hermano está mejor preparado. Además, si los rumores son ciertos, la Alianza Azur también ha proporcionado más unidades a Frederic. – Balor negó con la cabeza – no os mentiré. Si Frederic fuera un comandante inexperto tendríamos una posibilidad. Pero, por desgracia, no lo es. No atacará y estampará sus huestes sobre los muros. Atacará a los puestos defensivos del barranco y, desde lo alto, ira acabando con nosotros.
- Entonces, defended con vuestra vida dichos puestos. – le contestó, con desaire, Marina. – si con ello me estáis diciendo que debería huir o rendirme, sabed que no lo haré.
- No, no. – negó Balor, sorprendido ante tal pérdida de nervios. – Mis disculpas, Virreina. No os estaba incitando a ello. Solo os digo que nos encontramos en una situación casi imposible de solucionar. – Balor, cogió el vaso de vino y bebió – Pero sabéis que, si cae el muro Oeste, por mucho que resistamos en la torre o vivienda por vivienda, tomarán el muro Este y, con ello, impedirán que el Ejercito Imperial pueda avanzar y recuperar Galgados para el Imperio. Conocéis de sobra que por la vertiente Este del barranco hay apenas dos caminos transitables para subir a la cima.
- Lo sé. Lo sé demasiado bien. – se levantó de la silla, y se tambaleó, agotada de tanto frenesí y de tan pocas horas de sueño. – Situad a la mayor parte del ejército profesional en los barrancos, así como a vuestros hombres. La milicia ciudadana y los guardias de los nobles defenderán la puerta. – le hizo una reverencia – ahora, si me disculpáis, necesito descansar.
- Buenas noches, mi señora – Balor se levantó y se dirigió a la salida – sin duda sois hija de vuestro padre – le sonrió y salió por la puerta.
Marina entró en su habitación. Estaba derrotada, sentía el entumecimiento de sus músculos y como le temblaba la mano con la que escribía. Se miró al espejo y se vio las ojeras y su cara pálida como la de un muerto. “Normal, llevo 4 días sin pegar ojo”. Se desnudó y dejó la ropa en la silla, sin preocuparse, como siempre hacía, de si estaba o no arrugada. En ese momento la ventana se abrió de golpe. En una acto reflejo cogió el abrecartas que tenía sobre el escritorio frente a ella y se acercó a la ventana.
“Un golpe de aire” pensó al asomarse y ver tan solo las estrellas y la noche sin luna. Se giró y vio a un hombre envuelto en una armadura de cuero negra. Dio un salto hacia atrás, contra la pared, y le amenazó, con un temblor bastante patente, con el abrecartas. El hombre, con una máscara de hierro, ni se inmutó. La miró de arriba abajo.
Marina se percató de lo que estaba mirando el asaltante. Estaba desnuda. En una acto reflejo, con un grito de sorpresa, se tapó sus pechos con un brazo y se puso de perfil, tratando de esconder sus partes, mientras con la otra mano sostenía el abrecartas. Escuchó una leve carcajada tras la máscara.
- Aunque sois una bella vista, no he venido a eso – le habló con sorna el enmascarado. – Tomad y tapaos – En un rápido movimiento cogió el camisón y se lo lanzó.
Marina cogió el camisón y le miró fijamente. – Podéis… - le pidió, con la cara roja de vergüenza y rabia. EL enmascarado se giró. En ese momento, Marina, en vez de vestirse, se lanzó contra la figura enmascarada. Alzó el abrecartas y apuntó al cuello…
El brazo descendió rápido, dispuesto a matar… Tan solo encontró aire. Un filo frío se apoyó en su cuello mientras una mano le cogía del brazo con el que esgrimía el abrecartas y la inmovilizaba.
- Sois demasiado temeraria, señora. – le dijo el enmascarado con neutralidad – no he venido a mataros si es lo que pensáis.
- ¿Entonces a que habéis venido? Si puede saberse – le espetó, alzando la voz, esperando que sus guardias la escucharan.
- Muy lista – susurró – no creo que te escuchen. Tranquila, no están muertos – le informó adelantándose a sus pensamientos – he venido a llevaros ante alguien que puede ayudaros.
- ¿Y quién ha dicho que necesite ayuda? – le gritó, henchida en rabia, y temerosa.
- ¿Hace falta que lo digáis? – le preguntó con una voz desapasionada el enmascarado – tenéis frente a vosotros a un ejército que os supera en número, experiencia y armamento. Creo que necesitáis ayuda. – la voz se detuvo unos instantes, como si estuviera escuchando algo – pero si no la necesitáis…será mejor que me vaya – el enmascarado le soltó el brazo y retiró su daga.
Marina se giró y vio a la figura subirse al alfeizar de la ventana.
- ¡Espera! – le ordenó. La figura se detuvo. – os acompañaré.
- Entonces será mejor que os pongáis más presentable – se burló.
Marina miró de nuevo su desnudez y volvió a taparse, esta vez con una chaqueta que había sobre la silla.
Al cabo de unos segundos Marina estaba en una sala oscura y, por lo que podía apreciar, muy amplia. Se había vestido con la camisa blanca y los pantalones que había llevado durante el día.
Se separó, inquieta, de la figura enmascarada. “En apenas unos segundos me ha transportado a… ¿dónde estoy?”
- Estáis bajo vuestra torre – le informó una voz femenina desde la oscuridad.
En ese momento la sala se iluminó con varios fuegos flotantes. Como presuponía, la sala era enorme. Había varias estatuas rotas a los lados. Frente a ella, sentada en un viejo trono de piedra, una joven de cabellos platinos y ojos carmesí, la miraba con un aire divertido.
- Espero que mi querido y fiel sirviente no os asustará mucho. – la joven se levantó acompañada de varios crujidos de la armadura que llevaba. Era una joven esbelta, de curvas perfectas. Era perfectamente mortal. – Podéis llamarme Kan.
El sonido de los cuernos de guerra levantó a Marina de sus oscuros sueños. Se puso la bata carmesí que colgaba junto al armario y miró por la ventana de la torre. Al oeste, frente a las murallas, un gran ejército formaba mientras los capitanes y sargentos daban órdenes. Se agarró al alfeizar y observó las calles de la ciudad: grupos desorganizados de ciudadanos voluntarios, armados con lo que pudieron ofrecerles, corrían hacia la puerta en medio de gritos y maldiciones. Vio como los sargentos de la guardia organizaban tanto a sus guardias como a los ciudadanos, indicándoles las posiciones a tomar. “La mitad de ellos es la primera vez que cogen un arma, y la otra mitad no saben cómo usarla”. Suspiró.
Debería haber aceptado la proposición de esa oscura joven, pero su honor y su moral se lo impedían. Por mucho que le doliera, no la iba a ayudar a conseguir lo que buscaba por la salvación de su ciudad. Algo le decía que esa joven era mucho más peligrosa que cualquier ejército que marchara hacia Hécate, y sería mucho más peligrosa con esa arma.
Había investigado algo sobre la Dahenos Tenebrae, un arma antigua, proveniente de una antigua civilización hace tiempo olvidada. Según los mitos esa arma había sido guardada en una sala en las profundidades de la tierra, resguardada por miles de trampas y, según se pensaba, la última puerta solo se podría abrir si alguien con sangre antigua la derramaba voluntariamente a modo de sacrificio.
Por supuesto que se negó, nunca permitiría que nadie obtuviera esa arma. Y menos una joven que la había llevado hasta las profundidades de “los accesos” para convencerla.
Recordó el instante en que se negó. La joven ni siquiera se inmutó, sus ojos brillaron divertidos y ella le contestó con una sonrisa. “Es una pena” dijo. “Será mejor que abandonemos este lugar…mañana la ciudad se acostará con un nuevo virrey” vaticinó, con un tono que casi le pareció apesadumbrado.
Volvió a suspirar y trató de quitarse los funestos acontecimientos de la pasada noche de la cabeza.
Se vistió, con ropa cómoda a la par de elegante, y descendió a reunirse con Ser Balor y su hermano Karlson que seguro la estarían esperando en la recepción.
Y así fue, se encontró con los dos hombres en la recepción acompañados por diez templarios y varios guardias de Karlson.
- Mi señora – le dijo Ser Balor impaciente – vuestro hermano Frederic quiere parlamentar con el gobernante de la ciudad.
- “La” gobernante – apuntó Marina. Lanzó un tenue suspiró. – bien, iré inmediatamente – Marina cogió su casaca verde y les indicó que le siguieran.
- Hay más, hermana – añadió su hermano, que miraba al suelo – hemos recibido un mensaje de Icarus. Han sido atacados esta misma noche. Apenas ha sobrevivido la mitad de la guarnición. Dicen que alguien abrió las puertas del castillo y un pequeño ejército de la Alianza entró en el castillo. Consiguieron detenerlos y expulsarlos del castillo, pero en estos momentos están siendo sitiados.
- No hay duda de que mi hermano es un perfecto estratega – escupió con desdén Marina – sabe que, en caso de que el primer golpe le saliera tan mal como para no tomar la ciudad, los Templarios se unirían a la caza de su ejército. – respiró hondo, tratando de asimilar todos los golpes que había recibido. – será mejor que no hagamos esperar a mi “querido” hermano.
Llegaron a lo alto de la puerta oeste. Marina se asomó por la muralla apoyándose en el asta de la bandera de Galgados. Vio a su embutido en su armadura grisácea, con una muesca en la hombrera donde antes estaba grabado el León dorado del Imperio. Alzó la lanza a modo de saludo.
- ¿Qué desea un traidor de LA Gobernante de Galgados? – le preguntó, sin tratar de disimular el desprecio que sentía.
- Acaso hace falta decirlo. – le contestó con sarcasmo. Se acercó un poco a la muralla – Vengo a pediros que depongáis las armas y abráis las puertas de la ciudad.
- Sabéis de sobra cual es la respuesta – le espetó, Marina, haciendo un desaire. – sabemos que…
- Si os rendís ahora – le interrumpió Frederíc alzando la voz – Si os rendís no habrá represalias para ninguno de vosotros. Además, todo aquel que me jure lealtad conservará sus tierras y posesiones. – estiró de las riendas para girar el caballo. – Tenéis hasta que el sol esté en su zenit para darme una respuesta.
Marina descendió de la muralla indignada. Miró a su hermano que se encogió de hombros y luego a Ser Balor que le respondía a la mirada con un gesto serio. Ser Balor se acercó y le dio una carta.
- Ha llegado de los puestos defensivos de lo alto del barranco – le informó. – han divisado a las huestes de vuestro hermano tomar posiciones.
- Bien, marchad junto a vuestros hombres al puesto sur. – Miró a su hermano – Karlson, tu irás al puesto norte. Que Abel os dé fuerzas en este día de desesperanza.
Ser Balor le saludó y marchó inmediatamente. Su hermano la miró detenidamente, le regaló una sonrisa triste, y se marchó sin mediar una palabra. A Marina le hubiera gustado despedirse adecuadamente de él, pero no le salían las palabras. Observó a su hermano subir a su montura y marchaba hacia la vertiente norte. Bajó la mirada y caminó lentamente hacia la torre.
Quedaba poco para que el sol llegara a la cúspide del cielo. Muchos nobles habían pedido que se rindiera, pero se había negado. Incluso había ordenado encarcelar o vigilar temporalmente a alguno de ellos. Sabía que muchos nobles entregarían la ciudad para salvar sus vidas, y sus privilegios. Lo sabía demasiado bien, y Frederic también. “Buen movimiento hermano…con tu parafernalia estás consiguiendo que haya una lucha interna. Y posiblemente consigas que alguien me traicione”. Llamó al mayordomo.
- Entrega este mensaje a la guardia de la ciudad. – le ordenó Marina – que aumenten su presencia en la muralla, y que tengan controlados a todos los nobles, y su guardia, que estén en la muralla.
- Si mi señ…
Una explosión se escuchó en la zona oeste de la ciudad. Marina salió corriendo a una de las ventanas de la torre. Vio varios edificios en llamas y mucho movimiento cerca de la puerta.
- Ensillad mi caballo. Y ordena a mi guardia que se prepare – le ordenó con urgencia mientras cogía una espada corta.
Se acercó a galope, con su guardia alrededor de ella, a la puerta oeste. Tal y como temía, la guardia de la ciudad estaba luchando contra mercenarios y guardias contratados por algunos nobles.
Vio a varios a nobles luchar contra otros nobles gritando y maldiciendo. Vio a Cecil Trevor, uno de los nobles que la apoyaban, y que estaba enamorado de ella, acuchillando a uno de los guardias de la ciudad. Mientras, cerca de él, Hugh Austin luchaba contra uno de los mercenarios de Trevor lanzando maldiciones y llamando al cabecilla a voces.
- ¡Deteneos! – gritó - ¡Vuestra señora lo ordena! – Algunos, los pocos que la escucharon hicieron oídos sordos y continuaron luchando. Unos guardias, con el escudo de la familia Yorath, fueron con las lanzas en ristre hacia ella.
- ¡Prendedla! – gritó uno de ellos.
Su guardia personal se interpuso entre los hombres de los Yorath y comenzaron a danzar. Marina sintió como el aire se cargaba y el olor a la sangre se le pegaba a todas las partes de su cuerpo.
Vio como Cecil Trevor hacía un tajo en el abdomen de Austin, dejando que sus intestinos se derramaran como serpientes sobre el suelo. Le entraron ganas de vomitar. El olor a podredumbre se agolpaba alrededor de ella. Varios hombres leales a los Yorath agonizaban en el suelo. Escuchó el golpe del metal sobre el metal, el sonido de un hueso rompiéndose, el grito desesperado de un hombre pidiendo clemencia…Marina sacó su espada, tratando de evitar mirar los cuerpos inertes del suelo. Vio a uno de los traidores y avanzó hacia él, temblorosa pero decidida.
Su cabeza le daba vueltas, su desayuno y su almuerzo competían por escapar de su cuerpo. Alzó el brazo con la espada y golpeó. El hombre, bloqueó la espada y la cogió del brazo. Sintió como caía, escuchó como el hueso de su hombro se quebraba al golpear con el duro suelo de piedra. Si vista se nubló, creyó ver al hombre que le había derribado levantar la lanza para matarla. Sintió un pinchazo en el costado. Se tocó…tenía las manos pegajosas. “mañana la ciudad se acostaría con un nuevo virrey” recordó. Escuchó gritos sordos a su alrededor mientras sus ojos se cerraban.
Se despertó en su habitación. Miró alrededor, con la visión borrosa. Trató de levantarse pero sintió un pinchazo en la parte derecha del abdomen. Trató de mover el brazo izquierdo pero tal fue el dolor que lanzó un corto quejido.
- Mi señora, deberíais descansar – le dijo una voz joven.
Miró al joven. Vio a un muchacho de no más de dos años menor que ella. Tenía el pelo castaño y corto, sus ojos verdes le miraban con preocupación.
- Soy Braith Bevan. – se presentó el joven – ¿os acordáis de mí?
- ¿qué ha pasado? – preguntó - ¿qué hago en mi habitación? – Trató nuevamente de levantarse pero el joven lo impidió apoyando gentilmente su mano en su hombro sano.
- Os hirieron, mi señora – Le informó Braith – uno de los hombres de Gwen Yorath. Iba a remataros pero lo detuve antes de que pudiera. – Braith se levantó y fue a la mesa. Marina vio que vestía una armadura del ejército imperial bastante deslustrada y con óxido en las juntas. – debéis tomar esto, mi señora – le dijo mientras se acercaba de nuevo con un vaso. – esto hará que el dolor sea menos intenso. – le ayudo a incorporarse y le dio de beber un líquido dulzón. Cuando se lo terminó Braith se sentó en una silla junto a ella.
- Contadme lo ocurrido, ser – le pidió con un hilo de voz mientras con un gesto de dolor consiguió levantarse un poco
- Como deseéis, mi señora. - Braith la ayudó a acomodar su cuerpo, poniéndole varios cojines a su espalda con mucho cuidado de no tocar la herida. – Gwen Yorath y Cecil Trevor trataron de abrir las puertas a Frederic. Parece ser que, al no permitir que la ciudad se rindiera, ellos pensaban que si le abrían las puertas a Frederic obtendrían sus favores.
- Eso lo recuerdo – dijo Marina mientras le venía a la mente el rostro de Lord Austin mientras trataba de evitar que sus tripas se derramaran sobre la calle. Marina cerró los ojos, tratando de olvidar. - ¿Y tras aquello?¿los traidores han sido derrotados?
- Así es – le contestó Braith, satisfecho – Cecil Trevor fue atravesado por la lanza de uno de vuestros guardias. Tras ello, muchos de los guardias de Trevor y de Yorath se rindieron. En cuanto a Gwen Yorath nos la encontramos llorando en su mansión, con un cuchillo, a punto de suicidarse. Por desgracia para ella la detuvimos. Ahora está en las cárceles de la guarnición.
- ¿Y el enemigo? ¿Ha movido pieza mi hermano? – preguntó. Sabía la respuesta, pero quería escucharla.
- Sí, mi señora. Hace una hora que han comenzado los enfrentamientos en los puestos de los barrancos. Por el momento han conseguido detenerlos con bastante efectividad. – le informó Braith con una tímida sonrisa – Ser Balor y los templarios han repelido al enemigo sin baja alguna. Vuestro hermano Karlson ha perdido varios hombres, pero se mantienen firmes.
- Braith. Bien hecho – le felicitó. El joven se sonrojó. “Está encantador cuando se sonroja. Igual que aquella noche en la Torre de los Vientos cuando me pidió bailar”. Le sonrió. – Pero necesito que hagáis algo más por mí.
- Lo que sea, mi señora – le contestó con seguridad. – será un honor. – Marina supo que aquel joven moriría por ella si así lo pidiera.
- Marchad a los muros, con el estandarte de la familia Daorland. – le ordenó – Dad ánimos a nuestro pueblo. Se ha debido correr la noticia de que he sido herida, incluso algunos pensarán que he muerto. Decidle a todos que, aunque estoy herida, lucharé hasta el final de mis fuerzas – “mañana la ciudad se acostará con otro virrey” Recordó de nuevo. – Y… - miró sus heridas. – en el caso de que yo caiga, proteged a mi hermano Karlson y llevadlo fuera de Hécate.
- Mi señora… - Braith le miró con preocupación en sus ojos, su voz se entrecortó – vos…sobreviviréis. Os lo aseguro.
- Marchaos. – le ordenó Marina mientras se dejaba caer de nuevo en la cama y miró el cielo que se veía por la ventana. Escuchó como Braith se levantaba y salía por la puerta. – mañana la ciudad se acostará con otro virrey – repitió mientras sus ojos se cerraban.
Se despertó con el sonido de los gritos y el entrechocar de los aceros, envuelta en la oscuridad de la noche y la tenue luz de una vela. “¿Han entrado?” pensó con terror. Miró con horror la puerta tras la cual se escuchaban los lamentos del mismo averno. Buscó su espada con desespero, no la encontraba, buscó algo afilado y vio el abrecartas sobre la mesa. Se levantó entre dolores y cogió el abrecartas. “¿Qué piensas hacer con eso? Con eso no vas a hacer sino hacer cosquillas a un hombre armado” Se dijo.
Escuchó como los sonidos se iban acercando, a la par de que cada vez eran más lentos, más pausados. Fue hacia la puerta cuando se abrió y entró Braith, que cerró con premura. Sangraba por la cabeza y tenía varios cortes. Observó que llevaba la espada en su mano mala y que el brazo derecho se movía al son de sus pasos.
- ¡Mi señora! ¡Escondeos! – le dijo con urgencia.
En ese momento, la puerta cedió. Frente a ellos vieron a un hombre de enormes proporciones armado con un mazo. Braith, dos cabezas más bajo que el gigante, se lanzó, en una alarde de desesperada valentía, contra su adversario. El gigante interpuso el mazo en la trayectoria de la espada y, en una rápida contraofensiva, le golpeó con el mazo en el pecho. Se escuchó el sonido hueco de las costillas partirse y el suspiro del aire expirado por el golpe. Braith cayó sobre la cómoda, que se rompió bajo su peso y la fuerza del golpe. Su caída se detuvo en el suelo, con su boca escupiendo sangre. Seguía vivo, por el momento.
El gigante dejó paso a un hombre vestido con armadura gris y un casco de cimera alta con la forma de un león. Su hermano se quitó el yelmo dejando ver una sardónica sonrisa de triunfo. Marina, acorralada, saltó sobre su hermano con el abrecartas en alto.
Le detuvo el golpe agarrándole la mano en la que portaba el cuchillo. Luego, con su mano libre la cogió del hombre en cabestrillo y apretó. Gritó, gritó del dolor que sentía. Se derrumbó de rodillas frente a él, con lágrimas en los ojos y un grito en su garganta.
- Hermanita, hermanita… - se burló Frederic - ¿cuántas veces te tengo que decir que esto puede hacerte daño?– Apretó el brazo en el que llevaba el abrecartas hasta que abrió la mano y el metal cantó sobre el suelo. – Te dije que te rindieras. Te dije que me entregaras la ciudad. – La cogió del cuello y la levantó. La estaba ahogando - ¡pero no! ¡Tu orgullo, tu arrogancia hizo esto! – la lanzó sobre la ventana, apunto de despeñarla.
Vio la ciudad en llamas. En la calle la lucha continuaba, casa por casa, habitación por habitación. Apartó la mirada.
- Esto es lo que hiciste hermana – le susurró al oído mientras le hacía mirar. – Prometiste que los defenderías. Y mira, ahí están muriendo mientras tu soñabas. – Frederic suspiró una seca carcajada. – ahora deberás ser castigada. Andras, Iago. Proceded.
Frederic la dejó tirada en el suelo mientras iba hacia la puerta. Se detuvo ante Braith, que respiraba con esfuerzo entre su propia sangre.
- Vaya. Así que tú eres su paladín. – dijo con diversión Frederíc. – la amáis, ¿verdad? – Braith trató de replicarle. – Y yo que os iba a ofrecer su mano en matrimonio. ¡Atadlo y que vea el fruto de sus errores! – Braith trató de gritar pero la sangre que llenaba su boca tan solo le permitió hacer un quedo gorgoteo.
Dos soldados cogieron a Marina y la lanzaron en la cama entre risas. Otro de los soldados de Frederic ayudo a Iago con la armadura. Marina vio como Andras ataba a Braith a una silla.
Se miraron a los ojos. No había miedo en los ojos de Braith. Había ira, había odio.
- Mantenedla viva – ordenó Frederic – quiero que vea a Karlson por última vez. – acto seguido Frederic salió por la puerta acompañado de dos de sus hombres.
En la habitación quedaban Braith, atado; Iago, Andras y dos soldados.
- ¡Vosotros dos! – les llamó con una profunda vos Iago. – id a la puerta principal a vigilar. – uno de los soldados hizo ademán de protestar, pero una fría mirada de Iago le hizo reconsiderar su acción. – Os avisaremos cuando terminemos.
“¿Terminar qué?” Marina rompió el lazo visual con los ojos de Braith y miró hacia donde se encontraba Iago. Lanzó un grito y se revolvió.
Iago la cogió, arrancándole la ropa. Marina se resistió. Le arañó, le empujó, pataleó. En una de esas patadas le golpeo a Iago en sus partes. La soltó en una acto reflejo y la maldijo mientras Andras se reía a carcajadas.
- ¡Como sigas así te tendré que enseñar donde meterla! – se burló Andras.
- ¡Calla! – Iago cogió de nuevo a Marina por el cuello y le dio un puñetazo en la cara. El golpe fue tal que la dejó tirada en la cama con sangre manando por su oreja y el ojo amoratado. – ¡como vuelvas a golpearme te mataré y diré que te suicidaste! ¡No creo que a Frederic le importe mucho! – la cogió y la puso boca arriba.
- ¡NO! – gritó Marina - ¡NO! – Pataleó, se revolvió. Gritó en vano. Iago la cogió de las piernas y la abrió. - ¡Os lo suplico! – escuchó a Braith revolverse en la silla y maldecir entre sangre.
“¡No!¡Todo menos esto!...¡Dios!¡Sálvame!” Y por último, gritó.
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